sábado, 9 de septiembre de 2017

Los amores oscuros. Recuerdo a Federico García Lorca

 Los amores oscuros: la representación escénica mejora la novela
Adaptación teatral bajo la dirección de Juanma Cifuentes, de la novela, con el mismo título, escrita por Manuel Francisco Reina, publicada en 2012, (IX Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza 2013). La versión dramática se presentó en el Festival de Teatro de Málaga (1 de febrero) y se estrenó en Albacete el 30 de marzo, obteniendo la aceptación de la crítica y el aplauso emocionado del público y la segunda cita con esta historia de amor en días posteriores. Estuvo a continuación en el Teatro Español (Plaza Santa Ana de Madrid) desde el 28 de junio al 2 de julio de 2017.
El estreno coincide con el primer centenario del nacimiento de Juan Ramírez de Lucas, “el rubio de Albacete” que guardó su gran secreto durante 75 años. “Yo fui el último amor de Lorca y, tal vez, la razón de su muerte”.
Ya anciano, Juan Ramírez de Lucas, interpretado por Antonio Campos, va embalando objetos artísticos para una exposición, junto a su ayudante, la actriz Ángeles Cuerda. Descubre carpetas con recortes de prensa y cartas y evoca esos años en Madrid en los que conoció e intimó con Federico García Lorca que tenía entonces 36 años.
La adaptación dramática reproduce el lirismo de la obra de García Lorca, con la presencia de la extraordinaria cantante Clara Montes y de su voz en directo, que canta los secretos y la poesía de Federico, acompañada por la guitarra de José Luis Montón, .
La obra representada primero en Albacete obtuvo el clamor y los aplausos del público, según mi opinión no tanto por el contenido –que también engancha al espectador- sino sobre todo por la excepcional puesta en escena que consigue un sugerente ambiente onírico de gran belleza visual, presenta difíciles escenas con gran sensibilidad y capta el mundo lírico lorquiano, multiplicado con las canciones de Clara Montes. En esta puesta en escena, mediante una serie de lienzos de gasa, transcurren escenas del pasado y sucesos del presente. Las sombras y las proyecciones a través de estos lienzos multiplican el efecto
                                     https://youtu.be/X7oSXe2i_Ww

El argumento de la novela es mucho más amplio. Su título hace referencia al libro de poemas, Sonetos del amor oscuro, que el narrador Juan Ramírez de Lucas define como “sonetos de amor al estilo clásico (…) con la clave de nuestros amores oscuros no por su falta de luz, sino por las vicisitudes que nos obligaban a pasar” (p. 365). Ese forzado ocultamiento de su amor los hace clandestinos. Hasta la muerte de este último amor de Lorca, "el rubio de Albacete", no se supo a quien iban dirigidos.
 Relata con minuciosidad lo que rodea el amor de los dos protagonistas, Federico y Juan: el marco político y el desarrollo de la cotidianeidad previa a la Guerra Civil, la relación con poetas de la época –Cernuda, Juan Ramón, Alberti, Aleixandre, Luis Rosales…-, las representaciones exitosas de su obra dramática, el grupo de La Barraca, el Club Teatral Anfistora, las actrices famosas -Lola Membrives, Margarita Xirgu…-, el Lyceum Club Femenino, el recuerdo de la Residencia de Estudiantes, la Semana Santa sevillana, sus ideas acerca de la espiritualidad y la religión, del amor, de la amistad comprometida, de la obediencia a los padres, de la familia, de la libertad, etc.
La novela tiene fragmentos emocionantes junto a una pesada reflexión que acerca de los sucesos hace el narrador en 1ª persona, Juan Ramírez de Lucas: “…no había nada blasfemo en comprender lo que de divino existe en lo humano, mucho más en la amistad, el afecto o la admiración, y un poco de todo esto hay en un gran amor, sin más misticismos. La luz de Federico y de este amor ha dispersado la oscuridad impuesta por los contables de los pecados ajenos. Como aquellas estrellas cuya luz llega a nosotros y pervive, atravesando la oscuridad del universo, mucho tiempo después de haberse apagado” (pág. 91). Me resulta forzada esta reflexión del narrador porque es además protagonista que se expresa de manera menos enfática en los diálogos. Del mismo modo, muchas de las metáforas del texto empastan la anécdota y paralizan el desarrollo de la acción: “La ropa voló como palomas de tela por la habitación” (p. 206), “…el cielo parecía aureolar nuestros cuerpos como ángeles que se amasen en el amanecer del mundo” (p. 210). Adopta un lenguaje muy engolado, sin embargo no me parece que retrate al personaje-narrador, que en los diálogos con Federico utiliza un registro más natural. “La alegría era como un río desbordado que se colaba a borbotones por todos los intersticios de la trastienda de aquel imponente teatro” (p. 247). “El amor es un cristal delicado y cualquier cosa lo quiebra y lo mancha” (p. 354)
A lo largo de la novela se caracteriza a Lorca desde distintas voces narrativas. Se recoge parte de la entrevista que el famoso periodista Alardo Prats le hizo para el periódico El Sol. Lorca consideraba necesario que el maltratado mundo de los cómicos fuera tratado “con respeto y consideración”, pensaba que en el teatro “sentir era más importante que la comprensión intelectual”, era “partidario de los pobres, de los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega” (p. 150)
Desde luego la voz narrativa que dibuja insistentemente al poeta es su amor, Juan Ramírez de Lucas quien afirma quedarse embobado ante “su acento cantarín y su característico ceceo granadino”. Federico “era u creador consciente del alcance y la importancia de sus manifestaciones. Pero no era un impostor. No afectaba sus posturas sino que mostraba las que realmente sentía,(…) Sus declaraciones no eran lo que se dice cómodas ni complacientes” (p. 151). El comportamiento de Lorca, retrata la relación paterno-filial, cómo el amor y la obediencia al padre, comportaba una especie de resignación y humillación: “Qué diferente aquel Federico en esplendor, maduro y seguro de sí, con este otro “Federiquito”, apocado, al lado de su padre, que le daba palmaditas en la espalda como a un niño o a un perrillo fiel” (p. 272). La misma resignación que sufrió Juan Ramírez  cuando en Albacete esperaba el permiso paterno para viajar a Méjico con García Lorca que esperaba en Granada y allí encontró la muerte antes de que “el rubio de Albacete” obtuviera dicho permiso. “Quizá debiéramos haber sido más egoístas o peores hijos, y pensar más en lo que nosotros queríamos, en lo que nos hacía felices” (p. 275). “Yo fui el último amor de Lorca y, tal vez, la razón de su muerte”.
Juan Ramírez explica cómo no solo supo apreciar “su genialidad creadora, su talento enorme para escribir, para interpretar y ser, sino algo más profundo: una sensibilidad que lo hacía incapaz de lastimar a nadie conscientemente” (p.178)
La estructura de la novela sigue la pauta, generalizada en el cine y en la literatura, de utilizar alguien a quien el protagonista narra su historia. Un hombre cansado, agotado, con 93 años, ingresado en la Clínica de la Concepción de Madrid, desvela a su médico de guardia, un importante secreto que ha guardado consigo toda su vida, 75 años de sufrimiento callado, un secreto que se devana tras las primeras palabras:” Yo fui el último amor de Lorca y, probablemente, la razón de su muerte”. Estamos viendo las imágenes de El paciente inglés,  de semejante estructura.

Esa revelación la aprovecha el escritor para que esta médico se sienta identificada con la historia de Juan Ramírez de Lucas que le “hizo volver los ojos” a su propia existencia e incluya su propia historia en el primer capítulo y sus reflexiones acerca de tantas personas que han vivido amores oscuros con desenlaces terribles “Por qué tanta oscuridad en amores tan luminosos? (p.15) y de tantas que han hecho lo que se supone se esperaba de ellas y no lo que realmente deseaban hacer con su vida.

El dolor deja señales, como los incendios, y quienes lo han sentido de verdad, en sus propias carnes, en su vida, lo detectan, aunque mucho tiempo después no queden apenas huellas” (p.35)

viernes, 18 de agosto de 2017

Cicatriz de Sara Mesa

Un Pigmalión refinado
Cicatriz  de Sara Mesa es una de las novelas de 2016, que ha merecido de algunas de la opiniones críticas a tener en cuenta, la consideración de lectura “imprescindible”.
Se trata de una perturbadora historia que gira solo en torno a dos personajes, ahondando en el turbio comportamiento de ambos y en la conducta del ser humano.
Sonia es una  becaria joven, con un aburrido trabajo en un archivo, sin proyección de futuro, que vive en la periferia de la ciudad y cuya vida familiar es deprimente. En suma, una existencia anodina, con una única ventana al mundo, Internet. A través de  un foro literario, al que llega por pura casualidad, se va enredando con Knut Hamsun, apodo de otro ser solitario que “distrae” primero libros y más adelante cosas más personales, en los grandes almacenes y se las envía a Sonia.
Esta relación virtual despierta en ella una mezcla de atracción y repulsión que inexplicablemente mantiene hasta el final. Los personajes intercambian correos en los que se pone de manifiesto sus sentimientos, emociones y todo aquello que tiene lugar en el interior de cada uno. Por ello apenas hay ambientes externos, solo, los estrictamente necesarios para ubicar el desarrollo de los acontecimientos y, la mayoría de ellos son interiores. Tampoco hay intervención de un narrador ajeno a los personajes. “Es necesario que el narrador se disuelva, se quite de en medio” –afirma Sara Mesa (en Alberto Gordo, 04-03-2015, Elcultural.com )-, lo que hace muy interesante la perspectiva narrativa.
La escritora hurga sin piedad en los fracasos de ambos, en sus heridas vitales, conduciendo a los personajes desde una relación mantenida por curiosidad hacia una turbadora obsesión que se torna pesadilla. Knut es el sujeto dominante, perverso, refinado y manipulador; Sonia se debate entre la fascinación y la repulsión. Acoso, sumisión, desprecio, culpa… son los términos que caracterizan esta estrafalaria relación.
A pesar de lo interesante que parezca el tema, el desarrollo de la trama es pesado, reiterativo y termina careciendo de atractivo. Del mismo modo sucede con los personajes, misteriosos y atractivos al comienzo, insoportables según avanza la historia. Se trata de un sujeto que regala cosas robadas a una chica que a él le gusta y ella las acepta, empujada por su vanidad o por su soledad, sin pensar en nada más. La escritora se cuestiona “hasta qué punto un regalo es solo un regalo y no comporta mucho más”. En este punto hay una reflexión acerca de la moralidad del robo, hecho que Knut justifica porque no roba con violencia y lo hace solo en grandes superficies, por lo que lo considera como un acto casi contra el sistema, “después de todo, su riqueza proviene del expolio”- le comenta unos de los compañeros de Sonia.
La relación entre ambos es lo que resulta interesante, es una relación de dependencia, enfermiza, una fantasía sexual sin sexo. Hay una perspectiva de idealización  relacionada con el consumo de objetos de lujo, una perspectiva en que la realidad se sustituye por el mundo ideal y los dos personajes rechazan tener ningún encuentro físico. Sexo y amor se separan. Es una relación “amorosa” basada además en la obsesión. El personaje masculino, del que solo conocemos su apodo, Knut Hansum, es una especie de Pigmalión literario que pretende recrear el talento de Sonia como gran lectora y potencial escritora, a su manera, con un perfeccionismo obsesivo. Es un personaje manipulador que la domina fácilmente, aprovechándose de la insatisfacción vital que ella padece, lo que le impide percibir el acoso sicológico a que la somete Knut y por supuesto no se rebela.
Es original la estructura con saltos constantes hacia atrás y hacia delante. Este recurso  genera tensión mediante la anticipación en un capítulo de un suceso o de un giro argumental del que se relatan causas y desarrollo de los hechos en los siguientes capítulos. El mismo comienzo de la novela es una escena adelantada en el tiempo narrativo, a continuación de la cual, la autora regresa en el que denomina primer capítulo “siete años antes”.
A pesar del interés de la técnica, no se logra el resultado esperado por el lector, porque lo que parecía impactante luego resulta casi insulso e incluso decepcionante.
Hay una perfecta identificación entre el tema y el estilo empleado, escueto y sencillo, con escasos adornos que conducen a que las conversaciones entre ambos resulten aburridas, tan aburridas como ellos mismos pues reflejan su pensamiento y, al no haber narraciones secundarias, la historia pierde interés por su reiteración. La escasa acción y la falta de desarrollo de la trama da lugar a que resulte pesada la continua lista de libros robados, las marcas de lencería y cosméticos elegidos, los perfumes, cómo desactivar las alarmas de cada marca, etc. En este punto destaca la importancia de los objetos en la vida cotidiana y en la novela. Representan el apego por los recuerdos que despiertan y su función simbólica: invaden la casa y la vida de Sonia que, como personaje inactivo es incapaz de eliminar.
Dentro de la invariabilidad del argumento, me gusta el imprevisto pequeño giro que da la novela al final. Y, a pesar de los comentarios negativos vertidos en esta reseña, la novela me ha gustado, sobre todo por su originalidad y el dominio del lenguaje.

domingo, 30 de julio de 2017

Hombres desnudos de Alicia Giménez Bartlett

Pobres hombres desnudos de voluntad propia, hoy siempre embarcados en gestas que el mundo ha creado para ellos!" (p. 282)
Otra novela que trata sobre las convulsas relaciones entre mujeres de cincuenta y tantos o sesenta años, que inician una extraña relación con “Chicos de alterne”, treintañeros, que se desnudan por dinero, para sobrevivir, “acompañantes, “prostitutos” como se denominan a sí mismos con insistencia.
Es una novela ligera, de verano, Premio Planeta 2015. Aunque es entretenida, resulta muy repetitiva, una y otra vez los encuentros entre dos personajes, Irene y Javier, ajenos a la situación a la que la vida los ha empujado, casi extravagantes, en torno a los cuales gira la novela. Las situaciones que al comienzo despiertan una sonrisa, se van tornando desasosegantes porque más que escenas eróticas, la novela describe y analiza sentimientos. El idealismo de los personajes los va devorando sin esperanzas, en un vaivén, según discurre la trama, que acelera y frena su desencanto, repetitivamente. Están desorientados. Proceden de una relación rota y no acaban de saber cómo reconstruir sus vidas.                       
Hay sin embargo, un par de cosas interesantes. La primera es el increíble e inesperado giro del desenlace, que deja al lector perplejo, literalmente con los ojos redondos y la boca abierta de par en par. Ya se preveía desde las primeras páginas que el irremediable destino iba a reunir a los dos personajes principales. Lo que era inimaginable era el modo en que iba a suceder.
La segunda es el constante cambio de voz narrativa. Entre los diálogos se van intercalando los pensamientos de cada personaje, en primera persona, en cada momento concreto de la historia. No hay, pues, un narrador omnisciente que describa a los personajes o valore las situaciones sino múltiples voces, tantas como personajes, que abren su corazón y desgranan sus pensamientos para el lector. 
Es una entretenida novela que retrata una actividad masculina escasamente tratada: el estriptis y la prostitución. La original película The Full Monty con sus personajes corrientes que hacen estriptis, abrió una puerta que raramente ha seguido la literatura. Hombres desnudos (de Alicia Giménez Bartlett) y La carne (de Rosa Montero) dan un paso más allá, el de la relación con hombres que cobran por su compañía, entretenimiento, sexo, etc., y todo lo que demande la mujer que paga sus servicios. Es el retrato de unas vidas desmanteladas por la crisis,  que induce a ellos a sobrevivir como “chicos de alterne”, una vía de escape, y ofrece a ellas un modo fácil de paliar los efectos de la soledad no elegida.

jueves, 20 de julio de 2017

La carne de Rosa Montero

La carne nos controla
 La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor”. Esas son las sugerentes palabras con las que se da comienzo a la historia de la vida de Soledad, una mujer que cumple 60 años y hace honor a su nombre. Pretende ir acompañada a la representación de Tristán e Isolda, porque está segura de que allí reencontrará a su último amante clandestino, casado, con quien meses antes pensaba asistir. Esta ópera acompañó  su primer y explosivo encuentro erótico entre ambos.
Decide contratar un joven y atractivo “acompañante” en una página web (un “escort”, “gigoló”, “prostituto” –lo define) para darle celos y elige entre toda la galería de bellezas masculinas al que tenía “un aspecto formidable de pianista romántico cruzado con musculoso trapecista” (p. 6), un auténtico “cañón” a quien lucir.
Todo transcurre como deseaba hasta que, a la salida de la ópera, un suceso violento encarrila de manera inesperada su vida. El suspense marca esta relación, ambigua e inquietante, hasta el final y engancha al lector.
Es una novela sobre la soledad, sobre el sexo y el placer carnal, sobre la inestabilidad que produce el fracaso en el amor (“sin amor, todo era polvo y llanto”, p.102) y sobre la certeza de que a los 60 años se ha llegado a la edad en que la biografía es irreversible.
Todo lo interesante de la novela gira en torno a esta relación entre los dos personajes, aunque entre ellos la narradora establece un paralelismo innecesario (ambos son gemelos, abandonados por los padres…), excepto la diferencia de edad (60 ella, 32 él) que a Soledad fascina y asusta a partes iguales. “La carne nos aprisiona, nos enferma, nos mata y también nos hace rozar la gloria a través de la sexualidad, el deseo, el amor… Es la carne infierno y éxtasis”. Son palabras de Rosa Montero, recogidas en la entrevista de Nuria Labari (ZendaLibros.com) que dan la clave de la novela, que el propio título anuncia. Obsesiona a Soledad el deterioro físico de esa “carne traidora, enemiga íntima que te hacía prisionera de tu derrota” (p. 11), como se habla a sí misma, en voz alta, al contemplar su cuerpo en el espejo. La carne esclaviza y el paso del tiempo se muestra en ella. La narradora hace un alarde de precisos sinónimos para describirlo: “El cuerpo se plisa, se ablanda, se cuarta, se desploma y se deforma”, ese cuerpo traidor al que “no le bastaba humillarte: además cometía la grosería suprema de matarte” (p. 14)
Directamente relacionadas con su percepción sobre la carne y la frustración que produce su deterioro, encadena las reflexiones de la protagonista sobre el miedo a la vejez, el paso del tiempo, la tiranía del sexo, los prejuicios sexistas hacia la mujer que ha dejado de ser joven…  Ser viejo era tener un pasado irremediable y carecer de tiempo para enmendarlo” –reflexiona. (p. 17). Resulta casi divertido, si no fuera por la triste realidad que refleja, el resumen que hace de la parafernalia necesaria para viajar con sesenta años (prótesis, medicinas, infinidad de cosas en la maleta: lentillas, suero, férulas, … (p. 39-40), para soportar la inacabable diversidad de molestias que van parasitando el cuerpo. El mismo humor negro se deriva de la planificación  e intendencia rigurosa que exige plantearse hacer el amor (elección de una lencería favorecedora, depilación, cremas reafirmantes, maquillaje, aliento fresco, velas estratégicamente colocadas, selección de la música…) y lo más decepcionante es la reflexión final: “…uno de los espejismos más extendidos es el de pensar que nosotros no vamos  a ser como los otros viejos, que nosotros seremos diferentes. Pero luego la edad siempre te atrapa y terminas igual de tembloroso, de inestable y babeante” (p. 120).
Todas estas obsesivas y deprimentes reflexiones forman parte importante en la caracterización de Dolores, tan insegura en su relación que duda y desconfía por cualquier motivo. La propia narradora la define con un buen carrusel de adjetivos: “Ella se sentía agobiada angustiada, desgarrada, enloquecida, desolada, desconcertada, perdida, fracasada, machacada, acongojada, muy desgraciada y, en fin, medio muerta”(p.79). La narradora parece conocer muy bien los sentimientos de Soledad.
En conjunto, el resultado de la novela es desigual. Muy interesante el suspense en la relación entre el “escort” y la narradora, suspense que gira de manera inquietante hasta la resolución final, despertando expectativas diversas en el lector. Bastante desasosegantes las obsesivas reflexiones de la protagonista, así como la insistencia en su  origen, el abandono de su padre, el significativo nombre e innecesarias coincidencias vitales con su amante, que hacen artificiosa la personalidad de la protagonista. Y, por último demasiadas explicaciones literarias extranarrativas.
En este último apartado hemos de explicar que Soledad, paralelamente a su historia personal, nos hace partícipes de su trabajo como comisaria de exposiciones, que prepara una exposición de “Escritores Malditos” de los que Soledad relata sus biografías. Todos coinciden en ser biografías reales y en su destino torcido: William  Burroughs, Ulrico Von Liechtenstein, Philp K. Dick, Guy de Maupassant, Mark Twain, María Lejárraga, Pedro Luis de Gálvez, Mª Luisa Bombal y Mª Carolina Geel.  Solo una biografía es inventada, la de Josefina Álvarez que escribe bajo el seudónimo Luis Freeman, en la que la escritora se detiene pausadamente en los detalles de su vida, que la marcan como una “perfecta maldita”. La escritora va contando la historia de cada uno, al hilo de su narración, engarzándola con algún detalle personal de los protagonistas de la novela o con alguna reflexión de la narradora, en perpetua paradoja, al hilo del desarrollo de los acontecimientos.. Hay un punto de enlace que da pie a esta entrada pero que, según mi opinión, ralentiza el desarrollo de la trama novelesca, sin añadir más que un interés ocasional a la misma. Lo más interesante de estas biografías es la extrapolación que la escritora hace de qué se considera “escritor maldito”:
 Ser maldito es saber que tu discurso no puede tener eco, porque no hay oídos que lleguen a entenderte. En esto se parece a la locura(…) Ser maldito es no coincidir con tu tiempo, con tu clase, con tu entorno, con tu lengua, con la cultura a la que se supone perteneces. Ser maldito es desear ser como os demás pero no poder. Y querer que te quieran pero solo producir miedo o quizá risa. Ser maldito es no soportar la vida y sobre todo no soportarse a sí mismo” (p. 10-11)
En este apartado, Rosa Montero juega con el realismo, introduciéndose como personaje: una periodista que dedicó un perfil biográfico a Josefina Aznárez, que incluye en la novela. Es un guiño que no tiene más interés que el juego narrativo.
Otra presencia importante en la novela es la música, a veces muy oportuna como el significado del lamento de amor en la ópera Tristán e Isolda, o en Las bodas de Fígaro, e incluso en Muerte en Venecia, aunque en este caso, la explicación es tan profusa que el lector medio se aburre leyendo aquello que conoce y que tal vez debería ser solo una referencia sin pueriles explicaciones.
En resumen, la música, la literatura, las reflexiones de la novela son muy interesantes pero ocupan un segundo plano (a pesar de la extensión que les concede la autora), a favor de la original trama que la sustenta: la relación entre Adam, así se llama el “acompañante” y Soledad, llena de suspense hasta el desenlace y absolutamente inquietante.

lunes, 17 de julio de 2017

La Bella Durmiente

Los cuentos populares y su evolución a cuentos infantiles
Es de todos conocido el cuento de “La Bella Durmiente”: un hada, no invitada al nacimiento de una princesa, le regala una maldición: cuando cumpla 16 años se pinchará con el huso de una rueca y entrará en un sueño profundo del que solo despertará con el beso del príncipe que se enamore de su belleza. Todo sucede del modo previsto y hay un feliz desenlace.
Curiosamente existe una primera versión en 1634 (en napolitano, después traducida al italiano), procedente de la tradición oral, con el título “Sol, Luna y Talía”, escrita en Italia por Giambattista Basile, recogida junto a otros relatos con el título Pentamerone. Esta primera versión difiere bastante de la historia que nos ha llegado a nosotros.
El comienzo es parecido: sabios y astrólogos del reino advierten al rey del peligro que corre su hija Talía (del griego Thaleia, "florecimiento) de pincharse con una astilla envenenada oculta entre lino. El rey prohíbe la entrada de lino a palacio y el uso de la rueca pero nada impide que la adolescente princesa encuentre una rueca para hilar y se clava una astilla bajo la uña, cayendo muerta. El rey, hundido por el dolor, es incapaz de enterrarla. Coloca a su hija sobre una tela de terciopelo y abandona el palacio cerrándolo a cal y canto.
El desenlace de la historia varía notablemente. Es un noble quien, siguiendo a su halcón en una jornada de caza, llega hasta donde yace la princesa. Queda impactado por su belleza e intenta despertarla, la besa y aún más, mantiene relaciones sexuales con la bella durmiente. El resultado es que nueve meses después, la princesa Talía da a luz a dos gemelos, Sol y Luna, a quienes cuidan las hadas. Cierto día, el niño, buscando el pezón de su madre, se engancha a su dedo y al succionar extrae la astilla que la envenenó. La princesa despierta descubriendo que había sido violada y tenía dos hijos. Habían transcurrido unos cien años.
El noble, que no puede olvidarla, regresa cierto día y, al encontrar despierta a Talía y a dos niños, comprende lo ocurrido y así se lo explica a la princesa quien lo perdona y pasan una semana de encendido amor.
Pasado este tiempo, ha de regresar con su esposa quien descubre lo ocurrido porque su marido habla en sueños y envía a por los tres con la intención de quemar a Talía en la hoguera y servir a su marido a los niños cocinados. No llegan a término estos malvados planes y es la esposa quien arde en la hoguera. El noble se casa con la princesa Talía.
Esta primera versión de  Giambattista Basile, es dulcificada por Perrault (1697) quien eliminó al noble violador sustituyéndolo por un apuesto príncipe que despertaría a la princesa (que en esta versión no tiene nombre propio) con un beso de amor y se casaría con ella teniendo, de este enlace, dos hijas. El cuento de Perrault se tituló “La bella del bosque durmiente ” (recogida en Los cuentos de mamá Gansa, 1697).
Los Hermanos Grimm aún la dulcificaron más y la convirtieron en un cuento infantil con el título Rosita de Espino o La Bella durmiente del bosque (recogido en Cuentos de la infancia y el hogar, 1812). Rosita de espino es el nombre propio de la princesa en esta versión.
La versión cinematográfica de Walt Disney (1959) popularizó la historia dulcificada, con muchas modificaciones: los padres de la princesa y el padre viudo del príncipe habían planificado con anterioridad el matrimonio de sus hijos para mantener buena relación entre los dos reinos. La princesa no duerme cien años. Las hadas buenas (Flora, Fauna y Primavera) ocultan y la cuidan en la Cabaña del Leñador para protegerla del maleficio del hada malvada que vive en un castillo siniestro, la Montaña Prohibida.
En 2014 se estrena la película titulada Maléfica cuyo título hace referencia al nombre del hada malvada (protagonizada por Angelina Jolie), basada en las versiones de Perrault y los Hermanos Grimm. Es una historia centrada sobre todo en la vida del hada. Lo más notable es la nueva versión del desenlace de la historia de la bella durmiente. El beso del príncipe no despierta a la princesa Aurora (en esta versión) sino que es un beso de “amor verdadero”, el de Maléfica que ha estado pendiente de Aurora hasta sus 16 años, protegiéndola (a escondidas de Clavelina, Fronda y Violeta, las tres hadas buenas que la cuidan) e intentando inútilmente evitar el cumplimiento de su propia maldición que había intentado revocar, al darse cuenta del amor que había arraigado en su corazón hacia la princesa, a través de los años.

domingo, 21 de mayo de 2017

Guerra de Fuego. Novela histórica

Recién publicada esta "Guerra de fuego" que trata sobre los últimos años de Numancia, se presentó el pasado 11 de mayo en la Librería Popular. Contó con la presencia de Arturo Tendero quien abrió el acto con sus afectuosas palabras de presentación y dio la palabra al ilustrador de la portada, Chema Arake, y a la autora Nani García de León. 



El argumento de esta novela es muy emocionante y la historia inolvidable. Sus personajes destacan por dignificar la condición humana. Trata sobre una interesante etapa de la historia, la de los habitantes de Numancia, de la que todo el mundo conoce el desenlace pero pocos saben qué ocurrió para llegar a ese punto. Fue un difícil recorrido que condujo a los pueblos de la Meseta del Alto Duero directamente a la destrucción.

El título "Guerra e Fuego" (así la definió el historiador romano Polibio), describe la extraordinaria naturaleza de estos rebeldes hispanos que prefirieron morir antes que perder la libertad. La historia comienza en el año 138 a.c. y termina con la completa destrucción de Numancia en el verano de 133 a.c., en total cinco años. Se ahonda en la historia de los numantinos que no fue una guerra sino una lucha por la libertad.
Además del interés de los personajes de ficción y de sus sentimientos y vivencias, destaca el trabajo de investigación histórica que proporciona a la novela un atractivo valor divulgativo por la precisión en los detalles de la cotidianidad familiar y social: cómo hacer la cerveza, huir pieles, enterramientos, ceremonias y festejos varios, actividad en los talleres de metal, alfarería, etc.


El próximo viernes 2 de junio 2017 se presentará la novela en su cuna, Soria, en la Sala Gaya Nuño del "Círculo Amistad Numancia", a las 20 horas.
Para quien le apetezca comprarla, está disponible (de momento) en:
SORIA: Librería Las Heras
www.lasheras.net
ALBACETE: Librería Popular
www.popularlibros.com




Presentación de la novela en la "Sala Gaya Nuño" de Soria

martes, 21 de marzo de 2017

ESPERPENTOS DIARIOS. 21. Venganza en la publicidad

Hay dos clases de anuncios publicitarios en los que intervienen o se hace referencia a los niños porque a ellos va destinado el producto: los que provocan una sonrisa y los que hacen fruncir el ceño. Los dos llaman la atención pero por distintos motivos.
Me hace sonreír la publicidad de Haribo, “vamos a hablar de los favoritos Haribo”- comienza un miembro adulto de una reunión en torno a una mesa. Y cada uno de los ejecutivos allí reunidos va dando su opinión, juguetones y amables como niños: “una montañita blandita y dulce”- dice el primero imitando la entonación infantil y mostrando el dulce que tiene esa forma, “me pongo los platanitos en la boca y soy un vampiro”- dice el segundo, “Boing, boing, boing, el osito es astronauta y se come un plátano” juega el tercero, “el corazón”-exclama con emoción el cuarto, mostrando un corazón que le quita de la mano el miembro más serio y sorprendido de la reunión, una mujer cuya seriedad se transforma con el dulce Haribo en la mano, que muestra al tiempo que dice, “es mi favorita y cuando la como me siento una princesa”.
Qué distinto es el anuncio publicitario de salchichas Campofrío. Nunca imaginé que para vender salchichas era necesario presentar a unos padres amenazados por unos niños siniestros que parecen tener en su mano el bienestar de los padres y por supuesto la venganza, a largo plazo, si no obedecen sus deseos.
Todo comienza con una madre que ofrece a su hijo un plato de espinacas con garbanzos (parece). El niño no habla pero su expresión es la del muñeco diabólico. Debe estar pensando qué haría con el plato en ese momento.



Oímos una voz en off : “Espera. ¿De verdad le vamos a hacer esto a nuestros hijos? Mira que ellos algún día pagarán nuestra pensión. Y van a se ellos los que chantajearán a nuestros nietos para que nos vayan a ver”. La ruindad de estos hijos es tan grande como para esperar incluso a tener ellos sus propios hijos para vengarse. Y vemos la imagen de otra niña sin dientes, con un tic en el ojo y la misma expresión de odio ante su cena, un plato de sopa.
Sigue la voz en off: “Piénsalo, ¿quién te va a cambiar las pilas del sonotone? Porque ellos no olvidan”. Y vemos el rostro muy afectado de un padre que mira aterrado a un siniestro niño que viene en un cochecito de pedales, después de dejar en la cama del padre, la cabeza arrancada de un peluche. Nos recuerda la película El Padrino, en la que una cabeza cortada de caballo, sangrante, aparece en la cama de un productor de Hollywood que no ha querido dar un papel a un personaje en su película.
Porque ellos no olvidan”- dice la voz mientras vemos la imagen: unos niños, con gesto hostil, cavando un agujero en la tierra. Seguramente disfrutan pensando a quienes van a castigar enterrando en esa tumba.
Pero, vamos a ver, ¿quién te va a explicar lo que es la nube?”- continúa la voz-  ¡¡Para qué queremos saberlo si nos habrán metido en ese agujero!!

Así que, pensándolo bien…” -sigue la voz en off mientras vemos a un niño con un folleto que anuncia una Residencia de ancianos, ¿cómo pueden ser estos niños tan previsores?  (En la presentación posterior de este anuncio, Campofrío sustituye el folleto de la Residencia de ancianos" por un folleto que anuncia Aprender Inglés en una Escuela de Idiomas). Pues bien, -concluye la voz- “Vamos a darles lo mejor ahora, porque ellos lo harán mañana, la única  de pollo con forma de salchicha”. En ese momento la joven madre del comienzo pone delante del niño el plato con dos salchichas, eso sí inexplicablemente acompañadas de guisantes, zanahorias y patata cocida y el niño deja en la mesa el folleto. Pues sí que son raros estos niños, crueles y siniestros pero comen verduritas.
El miedo de los padres está presente en todo el anuncio. La venganza de los niños si no consiguen lo que desean, planea en todo él. ¿Qué clase de valores morales venden junto a las salchichas?

Lo correcto sería darles salchichas solo porque los queremos y hemos comprobado su valor alimenticio. Ser padre después de ver este anuncio es jugarse la vida. ¡Jeje!





domingo, 19 de marzo de 2017

El pueblo de las cabras de José Martínez Alcolea

¿Una novela neorruralista?

  
Con un nuevo escritor se amplia la nómina de la Historia de la literatura en Albacete. Se trata de José Martínez Alcolea que el pasado 10 de marzo presentó en la Biblioteca Pública de Albacete El pueblo de las cabras.
La novela se puede inscribir en el moderno movimiento, iniciado con Intemperie de Jesús Carrasco, denominado “narrativa rural” por unos, “neorruralismo” por otros. La moda resurge, después de un largo periodo en el que el protagonista ha sido el espacio urbano. Cela (La familia de Pascual Duarte), Delibes (Las ratas) y más tarde Llamazares o Luis Mateo Díez, entre muchos otros, mostraron su preferencia por este territorio rural del que dejaron imprescindible recuerdo, preferencia que fue postergada en la década de los 80. Las novelas que actualmente se inscriben en esta tendencia, vuelven a lo rural, no en cuanto que enmarcan sus historias en dicho espacio sino porque sus personajes buscan sus raíces en el ámbito rural.
Esa es el camino de Óliver Cuchillo que regresa al pueblo de las cabras en una vuelta a sus orígenes, en la búsqueda simbólica de esas raíces familiares, en un intento de hacer las paces con los poderosos fantasmas de su infancia, de recuperar una existencia pacífica que, en ningún caso, debemos confundir con un estado de “beatus ille” horaciano. Óliver se enfrenta a la naturaleza hostil, al poder representado por las cabras que provocadoras se acercan y vigilan todos los días, esperando el momento de apoderarse del pueblo, de sus calles, de sus casas…
Comienza la novela con un capítulo cero, que presenta a las protagonistas-coro de la obra, las cabras, observando expectantes, que merodean el pueblo habitado por las risas y el bullicio de sus habitantes que ha revivido cada noche después de una dura jornada de trabajo. El yo narrativo juega abiertamente, desde el principio del relato, anunciando el futuro inmediato de la historia narrada desde el pasado, mediante insistentes condicionales (simples o en forma de perífrasis): “habrían de venir los años oscuros”, “muchos se irían”, los niños “crecerían”, los jóvenes “cogerían el camino de la vega”, “nunca ya habrían de volver”, y el pueblo “empezó a dormir una siesta de la que nunca habría de despertar”. Las cabras empezaron a ganar terreno.  
El dilema que se plantea desde el principio y que queda abierto para que el lector espere el desarrollo y desenlace de la historia e interprete ese “tal vez” que anuncia la duda: ¿volverán a pasear libres por las calles de este pueblo seco y marchito o volverán asustadas al monte? Esas cabras, símbolo de la desaparición de la vida en el pueblo de las cabras, que nos hace recordar La lluvia amarilla del Ainielle de  Llamazares, están presentes como una persistente amenaza de fondo, imparable en su lento avance, a lo largo de toda la novela. Es curioso el giro que dará esa sombría premonición, cuando el joven Óliver decide volver e instalarse con su perro y el niño vietnamita en el pueblo. 
En ese mismo capítulo cero se presenta ya a los últimos habitantes del pueblo: Juan y Rosa, el fantasma de la madre de Rosa, Anselmo, Cande y Luisa, Cándida, Juanjo, Enriqueta, todos ellos matizados con sabias pinceladas que las caracterizan, a unas con mimo, a otras con crueldad. La pluma del narrador sabe conseguirlo.
Después de esta presentación, el capítulo uno lo protagoniza Óliver Cuchillo. El autor no puede resistirse a su debilidad por los condicionales que anuncian el futuro y describe el espacio que recuerda Óliver : “No tardaría mucho el mar en…, no tendría el día otro remedio que …” . No hay alusiones todavía, al entorno geográfico del pueblo de las cabras, sin embargo el recuerdo de la ciudad a la que regresan siempre, después de unos días en el pueblo, tiene concretas referencias que le fascinan: el mar, la fábrica de cementos, la visión de la ciudad desde arriba, etc., estampas que alegran al protagonista cuando regresan de nuevo, desde el pueblo a la cotidianeidad de la ciudad, con un padre, Damián Cuchillo, que humilla con cualquier motivo al hijo, Óliver, tan débil siempre ante su crueldad. En esta ocasión es Óliver, junto a Rayo, el perrillo de su hermana Lucía cuyas cenizas viajan con ellos en una urna y Leo, el niño vietnamita recién adoptado, quienes regresan al pueblo, dejando atrás la ciudad, tal vez para siempre. Del pueblo sabemos que está “detrás de la curva de la carretera nueva”, cerca de una pequeña aldea en ruinas, junto al cauce seco de lo que fue un río,  que hacía fértil  la tierra de sus riberas y próspero al pueblo. Esta es otra de las características que conectan esta novela con el neorruralismo del que hablábamos al comienzo.
A partir del capítulo dos, el narrador vuelve atrás en el tiempo para contar la historia del niño-joven Óliver y de su padre Damián. Esta relación entre ambos, sabe el autor bordarla, poco a poco, sin descripciones pesadas sino mediante recuerdos puntuales de la relación del padre con los demás personajes de su entorno: la tía Luisa y Cande (personajes tratados tan amorosamente por el narrador, que ocupan un lugar muy importante en la historia). Estos juegos entre presente (el viaje hacia el pueblo de las cabras) y el pasado (los recuerdos) están engarzados a lo largo de la historia. Incluso la visión mágico-realista del mundo está presente en esos recuerdos. La conversación entre Cande y Luisa que se presenta en un diálogo directo (en cursiva, pp. 40 a 46) y que el narrador utiliza para relatar la relación entre ambas, sin abusar de la presencia omnisciente del narrador, nos sorprende cuando sabemos por Óliver, testigo directo de esta conversación paranormal, que las dos mujeres habían muerto la noche anterior. La misma referencia al realismo mágico se hace cuando uno de los personajes, Anselmo, después de beber una tercera botella de vino para tener fuerzas, oirá los golpes en el tejado que, en la noche de los muertos, da su madre que “vendrá a recordarle que pronto lo arrastrará con ella al infierno”(p. 82).  En otro capítulo, Óliver siente el contacto cálido de la mano de su hermana en la pierna, cuando llega al pueblo a esparcir las cenizas de ella, que transporta en una urna. Hay momentos en que incluso el paisaje parece irreal cuando “la luz del sol, ya tenue, bañaba los trigos secos del valle de un color dorado” (p. 193)
Los recuerdos de las historias de las gentes del pueblo, Anselmo el “tontolpueblo”, el seboso cura Ceferino y el misterio de su muerte, la pobre Cándida con su corazón roto (otra historia en la que el narrador se entretiene, poniéndola en boca de su tía Luisa, importante voz en esta novela (pp. 88-96), seguida de la historia de Juanjo Osorio, el primero y único amante de Cándida, hacen inolvidables a estos personajes, así como la magia que impregna que el río estuviera seco cuando los habitantes del pueblo de las cabras bajaron a “lavar la negritud que el agua del olvido les había traído”. Era el tiempo en que la cabras más se acercaron a las casa del pueblo.
Si embargo, el personaje que domina a Óliver con su presencia es su padre. Junto al cura Ceferino son los que salen peor parados en su historia. Damián Cuchillo domina a su mujer Marisa y a su hijo, incluso hasta después de muerto, momento en el que el narrador recurre de nuevo al apoyo que le ofrece el uso del subjuntivo y del condicional, para expresar las dudas que corroen a Óliver: “Si hubiese hablado con él…, si se hubiese enfrentado…, si hubiera sido capaz de…, podría haber sentido…”. Son pensamientos que acuden a él durante el viaje que inicia en el comienzo de la novela y que redundan en la insistente caracterización del personaje, un personaje cruel que ha estigmatizado especialmente a su hijo quien crece con la esperanza de que su padre en algún momento morirá y su vida empezará a cambiar. Lucía, su hermana, queda libre de esa influencia, sin embargo su historia, otra más en la novela, es de gran ternura, fortaleza y generosidad y enlaza de modo original con la historia del niño adoptado, Leo, las semanas pasadas en Hanoi y el viaje de vuelta a España, desde Vietnam.
Son clave en la novela las voces narrativas: la del narrador omnisciente, la de Óliver Cuchillo y la de la tía Luisa, contadora de las mágicas historias de los habitantes del pueblo de las cabras. Y el soporte de la novela son estas historias engranadas en los recuerdos del viaje de Óliver, Rayo, Leo y las cenizas de Lucía, durante el camino de regreso al pueblo de las cabras.
Al autor se le escapan algunas líneas que chirrían porque son reflexiones en boca del narrador, aunque este las atribuya a los pensamientos de un personaje: Es el caso del comentario acerca del color gris de los coches (p. 29): “Pensó que el gris es el color de aquellos que no tienen ilusión, un color para los que no se conforman (…) es el color de los mediocres y de los mezquinos”. No puedo imaginar al personaje, en ese momento tan trascendente de su vida, rodeado antes de tanta mediocridad y tanta mezquindad, pensando en el simbólico color gris de los coches, pero solo es mi opinión.  
Algo parecido sucede cuando en una 3ª persona indeterminada habla de Óliver, el niño marcado e incluye su reflexión: “Con frecuencia se dice que aquellos marcados por una infancia desgraciada arrastran la cicatriz de esos días el resto de su vida. A menudo exhiben, dicen, un carácter…”  (p.158). En estas ocasiones la novela pierde su calidad de relato para entrometerse el narrador sicólogo.
La novela en su conjunto tiene una coherente estructura y un preciso uso de las voces narrativas. Insistimos en su cercanía con la corriente de narrativa rural por la motivación del personaje principal en busca de sus raíces, porque queda algo difuminado el tiempo y el espacio real de la historia y la escasas alusiones a ambas percepciones de la realidad, por la importancia de la influencia que la familia (crónica de la misma) tiene sobre el protagonista, por la profundización en la descripción del carácter de los personajes, por la relación hombre-naturaleza y por esa atmósfera rural que invita al simbolismo y que juega con sentimientos como la venganza, el odio, el perdón, en suma con las relaciones entre los seres humanos.

Una estupenda novela.

¡¡Enhorabuena!! para José Martínez Alcolea